martes, 31 de julio de 2012

Editorial N°30

Los Concursos Literarios

      Un tema el cual me he resistido a comentar es el de los concursos literarios, pero dado que son muchas las personas que me lo reclaman, cedo por esta vez y procedo a ello.
     
       Quien escoge este oficio se va a encontrar con un sinnúmero de contratiempos, y no me refiero a la parte técnica ni artística, que ello es muy personal y depende del grado de compromiso del escritor con su arte, sino a lo que tiene que ver con el poder subsistir con su trabajo. Después de una ardua labor, el escritor o el poeta, según sea el caso, quiere ver publicado su trabajo, esto es apenas lógico, algunos ni siquiera piensan en la parte económica, ilusionados como están en la ingenuidad de la fama, entonces viene el choque con la realidad. A nadie le interesa publicar a un desconocido, ¿quién se atrevería a arriesgar su patrimonio en la lotería de editar a alguien sin nombre comercial? Algunos escritores que tienen otros ingresos, ya que ejercen otras profesiones, toman de su propio dinero y publican ellos mismos para después comenzar a vender entre amigos, incluso a precio de costo, cuando no es regalar el libro para poder darse a conocer. Otros más astutos, colocan su producto con la ayuda de directores de instituciones oficiales en escuelas, bibliotecas, etc., pero siempre con un perfil muy bajo de difusión y sin conseguir trascender en lo más mínimo porque la publicidad es nula, ya que la prensa poco se interesa en estos asuntos, caso contrario cuando se trata de una gran editorial, que tiene un presupuesto destinado a los medios de comunicación, donde tienen gente ubicada para la divulgación de su “mercancía”, algunos de los cuales son escritores que publican con su sello. Es decir, toda una empresa comercial donde el escritor desconocido no tiene cabida.

Entonces la pregunta es: Si hay que tener un nombre para que las agencias literarias se ocupen de uno, ¿qué debo hacer? Algunos se contestan muy elementalmente: ganar un concurso literario de prestigio cuyo fallo sea cubierto por los medios de comunicación. De esta solución, que parece simple, se desprende todo un mundo de bellaquerías. Desde los concursos arreglados por las propias editoriales para engañar a los compradores de obras “ganadoras” hasta los jurados amangualados para repartirse la bolsa del premio con el vencedor. 
Sin embargo, dejemos de lado la parte oscura de los premios y enfoquémonos en aquellos que brindan confianza. Lo que si queda claro es que hay una preferencia manifiesta por la novela, por la errada convicción de que es la más importante de los géneros literarios, craso error de quienes miden el arte en volumen y no en calidad, que es lo que en últimas importa, confiados en que el lector pagará más fácilmente por un libro grueso. Son los concursos de novela los que tienen los premios más jugosos, seguidos por los de cuentos, detrás la cenicienta poesía y después la olvidada dramaturgia, pero me voy a enfocar exclusivamente en los requisitos de participación.

       Todavía en la era digital y ecológica los organizadores piden las ya manidas tres copias físicas (pueden ser más), haciendo incurrir de manera innecesaria a los participantes en gastos que muchos de ellos no están en capacidad de solventar, sin tener en cuenta las enormes sumas que hay que pagar en los fletes aéreos, sobre todo si hay un océano de por medio, lo que reduce las posibilidades de los escritores que están tratando de darse a conocer y sobreviviendo a duras penas. Lo que se podría solucionar de manera muy fácil con un envío vía email. A los jurados se les debe reenviar el material también por internet, es decir, la simple obra con un número de identificación particular para asegurar la imparcialidad. La era de los dinosaurios en la literatura debe quedar atrás, a la naturaleza le sale muy costoso el romanticismo de la cuartilla y el olor a tinta fresca, recordando que todas las copias de las obras no ganadoras terminan en el fuego o la basura. ¡Qué gran desperdicio! Y en poesía, ahí sí que se ven cosas aberrantes. El famoso “hilo conductor” de la obra, que los 500 versos, que las determinadas estrofas, que mínimo 100 poemas. ¿En qué mundo vive esta gente?, ¿en qué época?, ¿en el siglo XVIII? ¿Qué pretenden estos saurios, que el poeta ande calculadora en mano? 
Si de los cuentos tratamos, pretenden desconocer que cada cuento es independiente en sí mismo, una obra de arte por sí sola, que no necesita para su valor, de hacer parte de una colección temática. Con razón los estudiantes de secundaria viven la literatura con doscientos años de atraso.

      Entiéndase de una vez, la literatura es cualitativa, es arte, no es el número de huevos que pone una gallina, ni los litros de leche que da una vaca. Daño se le hace a esta hermosa manifestación cultural del hombre si le negamos su capacidad de evolución. Así que jurados serios ―en el medio se conoce quien es venal y quien no—, asesorarse de gente capaz y de mente abierta a la hora de establecer los requisitos, desconfiar de los académicos (aunque los hay muy buenos), la gran mayoría avanzan, si es que avanzan, con paso paquidérmico, más cercanos a Torquemada que a Apolo. Si hay acuerdos previos con las editoriales, que no pasen de la publicación y comercialización de la obra ganadora, pues si les permiten meter sus manos, se tiran el concurso, ya que siempre van a anteponer sus criterios mercantilistas.  

      Todo evoluciona, la literatura no es ajena a ello. A los escritores y poetas: escojan bien dónde participan, no se trata de adecuarse a un concurso, se trata de encontrar el concurso adecuado. No podemos imponer nuestros criterios, pero si podemos participar en los concursos que nos brinden plenas garantías.
A los bosques, tengan paciencia, algún día los organizadores pensarán en ustedes. Si han de ser sacrificados, que sea por verdaderas joyas de la literatura.