lunes, 2 de febrero de 2015

Un segundo de valor contra las mafias

Un segundo de valor contra las mafias

Por Juan Carlos Céspedes A.

Cuando hablamos de mafias, siempre hacemos una relación involuntaria con las familias sicilianas, y
hasta con la ficción de Mario Puzo, a través de su legendario personaje Don Vito Corleone, y no estaríamos equivocados, porque la palabra nace en esa isla italiana del Mediterráneo. Su significado tiene connotación de clan, pero su estructura y objetivo es típicamente criminal, como lo respaldan las dos primeras acepciones del diccionario de la RAE. Pero mi propósito original no es detenerme en la parte anecdótica de esta palabra, sino en la forma en que ha hecho metástasis en toda la cultura occidental, más específicamente en nuestro país.

Sin embargo, no voy a detenerme en los clanes delincuenciales tipos que han asolado nuestra nación desde siempre, llámese delincuencia común: bandas de atracadores, estafadores, contrabandistas, sicarios, etc.; o delincuencia organizada: como las típicas del narcotráfico, trata de personas, de armas, etc. Quiero parar en esas verdaderas estructuras delincuenciales mal llamadas de «cuello blanco», porque sus capos son elegantes señores, algunos graduados en importantes universidades del país, con columnas de «soldados» de todo pelaje, desde el «doctorcito» hasta el más avivato de los mensajeros. Organizaciones que se han enquistado en todos los estamentos sociales, montando verdaderas mafias, con un orden lineal de jerarquía, las cuales tienen por interés fundamental el dinero público.

Se las puede encontrar en las universidades oficiales, en la salud, en la educación pública, en la
justicia, en los mismos entes de control, y en todo lo que tenga que ver con el funcionamiento del Estado. Verdaderas estructuras mafiosas que mueven poderes descomunales, que quitan y ponen funcionarios, que firman contratos millonarios, que tienen la capacidad del boicot, de la sanción interna. Mafias que se ramifican, que hacen conexiones y acuerdos con otros corpus en el sentido de «tú me ayudas en este negocio y yo te ayudo en alguna eventualidad tuya», que determinan ejerciendo la autoridad y funcionamiento del Estado, obviamente con su ineficacia, su actuar paquidérmico, porque no es el servicio su razón de ser, sino el enriquecimiento a través del saqueo, ¡del robo!, que es la palabra a usar sin eufemismos cándidos para no ruborizar pánfilos.

En sus reuniones a puerta cerrada, al capo, verdadero criminal sin escrúpulo, se le rinden los informes de los negocios donde la «familia» tiene su injerencia, si están dando los beneficios esperados, si hay «obstáculos» que impidan que la maquinaria funcione correctamente. De allí saldrán las órdenes que irán desde ofrecimientos de sobornos, directrices para remover a la persona que estorba, o la eliminación física de quien ha tenido la osadía de frenar sus ganancias. Porque estas mafias tienen también sus ejecutores, sus «servicios de limpieza», cuando no hacen parte de la propia familia, los contratan con bandas de delincuencia común para que hagan el trabajo de la sangre. 

Por estructuras de esta jaez, la política en nuestro país no es el arte de gobernar, ni de servir, sino de lo contrario, un asunto tenebroso, un oficio de malandrines cuyo único interés es el enriquecimiento a cualquier precio. Y es el político, quien a través de un sistema electoral contaminado, sirve de cabeza de playa, para que la mafia se apodere del ente, llámese Municipio, Distrito, Departamento, Estado, y cualquier institución, empresa, órgano donde haya dinero, que es, en resumidas cuentas, lo único que les importa. Que hay políticos limpios, claro, los que tratan de equilibrar la balanza de ese poder desproporcionado, los Petro, los Robledo, los Cepeda, las Claudia López, y periodistas, y líderes en derechos civiles, todos ellos en la mira del poder omnímodo de estas casas del crimen organizado que no saben ni conocen de límites cuando de proteger sus «inversiones» se trata. La prueba la pudo ver el país con la saña y desvergüenza con que se persiguió al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, le cayó todo el peso del poder, con todas sus ramificaciones, y hasta la prensa tradicional —es lo primero de lo que se apoderan las mafias, por eso del cuarto poder—, que mueve a la opinión pública, siempre ella tan manipulada y convenientemente desinformada, la gran mayoría. 

Mucha gente ha pagado con su vida la osadía de enfrentar a estas «familias», valga un solo ejemplo, el asesinato del subdirector del diario La Patria, Orlando Sierra, y como él, mucha gente ha caído por las balas asesinas de esta cosa nostra colombiana, que cuida y vela porque nadie les interrumpa sus pingües ganancias. Y el capo se levanta en medio de la reunión y reparte cachetadas, coscorrones, manda a callar, empuja por la cabeza, amenaza a «egregios» alcaldes, concejales, diputados, gobernadores, senadores, representantes, pura pacotilla frente al verdadero jefe: il capo.

Pero lo más triste es que el país lo sabe, la gente entiende que el origen de sus males: desempleo, pésimo sistema de salud, inseguridad, etc., es el resultado del actuar doloso de estas mafias, pero está tan anestesiada, tan acobardada, que incluso hacen parte del engranaje de la estructura mafiosa, la alimentan con sus votos, con su trabajo, con su silencio. Es tal su poder, su injerencia en nuestra cotidianidad, que muchos ven este mal como algo natural, propio, de nuestra cultura, y es que nunca han conocido otra cosa, generaciones han nacido, crecido y muerto bajo el sistema mafioso. Algunos se resignan diciendo que está en los genes, en nuestra estructura molecular. ¡Falso! El poder es del primario, o sea el pueblo, quien puede ser su propio amo, o hacerse esclavo por generaciones de las mafias por un momento de venalidad o cobardía.

Y cada cierto tiempo se presenta la posibilidad de reventar cadenas, de extirpar este podrido tumor, de quitarles el poder, de volver las cosas a su verdadera esencia, de ejercer el derecho constitucional inalienable de escribir nuestro destino como nación, pero las mafias están al acecho, alistan sus chequeras, montan sus estrategias, organizan sus cuadros de zombis, sus escuadrones de intimidación, sus periodistas pagados, y llega el día de escribir el presente y futuro de un país, y en un voto personal, el tuyo, el mío, el de todos, se decide por enésima vez la situación de nuestro país; solo se necesita un segundo de valor para derrotar a las mafias.