martes, 24 de enero de 2012

Editorial de La Urraka N° 23

ÉTICA Y PERIODISMO

Dos importantes revistas culturales de Colombia tienen una polémica por alguna publicación que hizo una de ellas, lo cual motivó la respectiva discrepancia de la otra. Esto no tendría nada de particular, pues en el mundo de las artes (y la cultural en general), la disparidad de criterios y opiniones son variadas. Pero lo que sí queda en el ambiente, como asignatura pendiente, es el papel de los medios de comunicación de carácter cultural y la función del periodista especializado en esta temática.

No somos los llamados a definir, y mucho menos redefinir, el concepto de periodismo cultural, pero sí queremos aportar nuestra experiencia para un sano debate.
La función primordial del periodismo es informar, y para ello debe ser claro y veraz, dejando de lado intereses personales y de grupo. Sin embargo, otras de sus funciones es la de interpretar los hechos y acciones que se dan en el ámbito de la cultura, para ser más específicos. Pero no podemos dejar de lado lo que consideramos la parte neurálgica del asunto, cual es la función periodística de la opinión.

En lo relativo al primer aspecto, es decir, informar, las cosas son muy claras y sólo un profesional de espaldas a la ética de su oficio, podría llegar a manipular, desorientar, engañar, obstruir, esconder, etc., noticias que interesen a la opinión pública. Desgraciadamente hay personajes que no cumplen con las funciones mínimas que su trabajo les exige, pero son los menos, para bien del arte.

El otro punto relevante es la función interpretativa del periodista. Tomar el hecho cultural y merced a unos especialísimos conocimientos, a una respetable y sólida experiencia del arte, llevar al lector (aplicado también a radio y televisión) una visión decantada que le facilite la aprehensión de la noticia. Pero ¿qué sucede si el encargado de hacer este trabajo tiene en poco la deontología de su oficio? Simplemente van a primar sus intereses mezquinos y personales, dejará de lado su deber de ser imparcial y traicionará lo más sagrado del periodismo, que es llevar al receptor final del hecho cultural, aunque sea filtrada por sus ojos, pero sin manipulaciones, ni segundas intenciones, la verdad.

Muchos reducen la interpretación y la opinión del hecho noticioso a un mismo asunto. Pero para ser mucho más precisos, hemos querido separarlas. Así las cosas, vemos que la opinión se vuelve más autónoma, casi deja de lado el acto o hecho cultural, independientemente considerado, y se concentra en el pensamiento exclusivo del autor. Lo ideal sería que quien realice su opinión, lo haga libre de prejuicios y veladas intenciones. Que sea su posición frente a un tema, pero que no trate de engañar al lector con datos, detalles, hechos falsos, que sólo buscan perjudicar a un tercero.

Todos sabemos el poder de la prensa, por algo Burke la acuñó con el término “cuarto poder”, y también conocemos las consecuencias de su manipulación, tanto para bien como para mal, entonces ¿qué le queda al lector? ¿Creer ciegamente o desconfiar de la opinión del periodista?
El prestigio (también el desprestigio) se construye diariamente, esto en todas las esferas de la vida; el periodismo cultural no es la excepción. Que nadie se engañe, el lector nunca ha sido tonto, más bien complaciente, que es otra cosa. Así, la próxima vez que esté frente a una noticia, pregúntese si lo están informando o todo lo contrario. Sí el autor (a) es de fiar u obedece a intereses de grupo, partido, credo, etc. Sí el medio de comunicación es independiente o está al servicio de alguna cofradía.

En el arte y la cultura no hay verdades, tan solo experiencias. No lo olvidemos nunca.